CUANDO EL POPULISMO RUGE, LA DEMOCRACIA TIEMBLA

Cuando el populismo ruge, la democracia tiembla

Cuando la política se convierte en cruzada moral, la democracia empieza a temblar.

El rugido del Movistar Arena el pasado 3 de noviembre no fue solo un acto de campaña. Fue un síntoma. Ante 15.000 asistentes, Abelardo de la Espriella –abogado mediático, empresario y autodenominado Tigre– presentó su candidatura presidencial con estética de concierto, fervor religioso y un enemigo claro: “el mal habita en la Casa de Nariño”. En esa frase condensó la lógica de su movimiento: una política que ya no debate, sino exorciza.

La “Convención Nacional de Defensores de la Patria” tuvo más de misa que de mitin. Banderas, luces, oraciones y hashtags (#RugeElMovistar) dieron forma a un espectáculo total, donde la emoción sustituyó al argumento. La puesta en escena fue impecable: comediantes, artistas, militares retirados, pastores y empresarios acompañaron al líder en un ritual que mezcló religión, patriotismo y espectáculo. No fue solo una reunión política: fue un bautizo de fe.

De la Espriella insiste en que su campaña es “autosostenible” y “sin jefes”, pero su discurso recuerda demasiado a los outsiders que juraron salvar a sus países de la corrupción y terminaron capturándolos: Trump, Bukele, Milei. Su retórica de “reconquista” y “patria amenazada” bebe de la misma fuente emocional: la nostalgia por un orden perdido, la promesa de restaurar la pureza frente a un enemigo interno. En su caso, ese enemigo tiene nombre: Gustavo Petro.

No es casual que figuras de la ultraderecha internacional –Agustín Laje, María Elvira Salazar, Alvise Pérez– aparecieran en el evento como padrinos simbólicos. Tampoco que su discurso coincidiera con la tensión creciente entre Petro y Trump, quienes hoy encarnan polos irreconciliables en la política hemisférica.

La distancia entre ambos presidentes se ha convertido en combustible para quienes venden la idea de una cruzada continental entre el bien y el mal.

Y ahí radica el peligro. Cuando la política se convierte en guerra espiritual, la democracia se vuelve irrelevante. No se trata ya de debatir programas, sino de eliminar herejías.

En la Alemania de los años treinta, los mítines de masas sirvieron para transformar el descontento en fervor nacionalista. El líder prometía redención, el pueblo aclamaba su fuerza y la crítica se convertía en traición. No hacen falta uniformes ni antorchas para repetir la historia, basta un estadio lleno y un algoritmo dispuesto a viralizar la fe.

De la Espriella no es Hitler, ni Colombia es la Alemania de Weimar, pero la rima histórica es innegable. El lenguaje de “reconquista”, la exaltación de la familia y la fe, el enemigo absoluto, la teatralización del poder y el uso de la emoción colectiva como herramienta política son señales conocidas. Lo inquietante no es que exista un candidato así, sino que haya una audiencia dispuesta a creer que el país necesita ser salvado de sí mismo.

Colombia vive una crisis de confianza, no de valores. Pero cuando el miedo se convierte en brújula, el populismo siempre encuentra su oportunidad. Las democracias no caen solo por golpes de Estado; también se suicidan aplaudiendo a su salvador.

El Tigre despertó, y los demócratas de este país deberíamos preocuparnos.