EMPEZAR EL AÑO SIN TENER QUE SER FUERTES
Por: Daniela Bolaños
El inicio de un nuevo año no siempre se siente como un comienzo.
Para algunas personas representa la posibilidad de cerrar ciclos, iniciar cambios y abrir nuevas etapas; para otras, es el final de un año duro, atravesado por pérdidas, duelos o situaciones que aún pesan, o simplemente la continuidad de procesos que comenzaron hace mucho tiempo y todavía no han terminado.
Muchas personas llegan a enero en un estado de sostener y resistir, de seguir adelante aun cuando las cosas siguen doliendo. Sin embargo, la exigencia social presenta este momento como un reinicio inmediato que, lejos de aliviar, suele generar frustración, culpa o silencio, especialmente cuando aún cargamos cansancio y asuntos pendientes. Se nos pide empezar de nuevo justo cuando estamos agotados de cumplir con todos, avanzar y producir cuando en realidad necesitamos descanso. Cada enero se repite la sensación de que “deberíamos” estar haciendo grandes cambios sin saber por dónde empezar, porque se nos invita a cambiar justo cuando menos recursos internos tenemos. Por eso, no iniciar no siempre es resistencia; muchas veces es protección.
Cada fin de año se repiten frases y rituales cargados de simbolismo: “año nuevo, vida nueva”. Se dice incluso cuando hay situaciones que aún duelen y no han sido elaboradas, como si el dolor tuviera fecha de vencimiento y el cambio ocurriera solo porque el calendario avanza. Basta observar escenas cotidianas: personas golpeando o pateando el “año viejo” para descargar la rabia acumulada, creyendo que con ese gesto todo queda atrás; otras que lloran al despedir el año porque fue difícil y se aferran a la idea de que al día siguiente todo será diferente, sin haber tenido un espacio real para sanar lo vivido.
También están los rituales culturales: comer lentejas, contar las uvas, usar el calzón amarillo. No se trata de descalificarlos; para muchas personas representan esperanza, fe o tradición. El problema aparece cuando se convierten en una promesa implícita de que todo va a mejorar automáticamente. Cuando el dolor continúa y las cosas no cambian como se esperaba, la frustración puede ser mayor, porque al sufrimiento se suma la sensación de haber fallado.
Las redes sociales, la publicidad y el entorno refuerzan la idea de que enero llega cargado de expectativas, listas de propósitos y la promesa de que “ahora sí” todo debería cambiar. Sin embargo, también puede ser un mes de continuidad, de pequeños ajustes, de autocuidado y autocompasión. No siempre es un mes para avanzar con fuerza; a veces es un mes para sostenerse, incluso para sobrevivir.
¿Qué pasaría si el verdadero cambio fuera sostener, y no transformarse de manera radical?
Los cambios que se mantienen suelen nacer de pequeñas repeticiones y prácticas cotidianas más que de grandes declaraciones. La autocompasión resulta clave: no castigarse por no poder empezar “bien”, abrazarse en los momentos de crisis y tratarse con la misma amabilidad con la que trataríamos a alguien que queremos. La motivación puede fluctuar, pero el sentido permanece; los cambios conectados con valores profundos tienen más posibilidades de sostenerse en el tiempo.
Tal vez este inicio de año pueda mirarse desde una perspectiva más humana y menos exigente, no como una lista de metas inmediatas, sino como procesos que se construyen con el tiempo. Cambiar implica respetar el propio ritmo y escuchar el cansancio como información, no como un enemigo. No todo inicio se nota ni hace ruido; algunos comienzan en silencio. A veces, el cambio más honesto es no forzarse: el verdadero compromiso no grita, se practica.
Daniela Bolaños
Columnista invitada
Nuestra columnista invitada es profesional en Psicología y especialista en Familia, con una amplia trayectoria en el trabajo psicosocial con diversas comunidades.
A lo largo de su ejercicio profesional ha acompañado procesos de orientación y fortalecimiento familiar, así como intervenciones dirigidas a mujeres víctimas de violencia y a familias que enfrentan múltiples problemáticas sociales, promoviendo espacios de escucha, protección y reconstrucción de vínculos.
Su labor se ha caracterizado por el compromiso con el bienestar emocional, la defensa de la dignidad humana y el fortalecimiento de las redes comunitarias, aportando desde la psicología al acompañamiento integral de las personas, las familias y las comunidades.


