EL PODER DEL RUMOR

EL PODER DEL RUMOR

Una forma silenciosa de violencia contra las mujeres

Por Andrea Folleco Rodríguez

En Colombia, cuando se habla de violencia contra las mujeres en el ámbito laboral, suelen venir a la mente imágenes de acoso explícito, discriminación directa o desigualdad salarial. Sin embargo, existe una forma más sutil, persistente y difícil de demostrar que continúa afectando profundamente la vida de muchas mujeres, la violencia ejercida a través del rumor, el comentario malintencionado y el descrédito sistemático.

No ocurre en reuniones formales ni deja huellas evidentes en documentos. Se mueve en los pasillos, en conversaciones a media voz, en mensajes indirectos y en acusaciones sin rostro. Es una violencia que se disfraza de opinión, de “preocupación legítima” o de simple comentario, pero que en el fondo busca socavar la credibilidad, el liderazgo y la estabilidad emocional de las mujeres.

Quienes la ejercen, muchas veces desde posiciones de poder, evitan la confrontación directa. Prefieren sembrar la duda, instalar sospechas y generar un ambiente de desconfianza. Así, no solo atacan el desempeño profesional, sino que también invaden la esfera personal y familiar, afectando la salud mental de sus víctimas. El resultado es un entorno laboral hostil, donde la incertidumbre y el miedo se convierten en herramientas de control.

Este tipo de violencia tiene un efecto particularmente perverso, es difícil de probar. Al no existir registros formales, suele contar con la complicidad del silencio colectivo. Quienes escuchan callan, quienes saben no denuncian, y quienes padecen terminan aisladas, cuestionadas y, en muchos casos, forzadas a renunciar.

A pesar de los avances normativos en Colombia, como las leyes que regulan el acoso laboral y buscan sancionar la violencia de género, la realidad demuestra que no es suficiente. Persisten barreras culturales, institucionales y económicas que dificultan la denuncia y perpetúan estas prácticas. La normalización del “chisme” como dinámica laboral invisibiliza su impacto y lo convierte en un mecanismo eficaz de exclusión.

No se trata de hechos aislados. Es un patrón que se repite, especialmente en entornos donde el poder se ejerce sin control y donde el liderazgo femenino aún es cuestionado. Cada rumor, cada comentario malintencionado, cada acusación infundada contribuye a reforzar los llamados “techos de cristal” que limitan el desarrollo profesional de las mujeres

Andrea Folleco

Andrea Folleco Rodríguez

Fiscal SINTRAGOBERNAR

Nuestra columnista es abogada egresada de la Universidad de Nariño, especialista en instituciones jurídico-procesales y en gerencia y políticas públicas.

Cuenta con experiencia en el sector público por más de 17 años en entidades del orden territorial y nacional. Actualmente se desempeña como Profesional Asesora Jurídica de la Asamblea Departamental de Nariño.

Ha desarrollado su ejercicio profesional en el análisis jurídico institucional, el fortalecimiento de la gestión pública y la defensa de derechos, con especial interés en las dinámicas laborales y organizacionales.

Visibilizar esta forma de violencia es el primer paso para erradicarla. No basta con sancionar las conductas más evidentes; es necesario transformar las culturas organizacionales que permiten y reproducen estas prácticas. Los entornos laborales deben ser espacios de respeto, transparencia y equidad, donde el mérito prevalezca sobre la sospecha y la dignidad no sea negociable.

Romper el silencio también implica una responsabilidad colectiva. No ser cómplices, no replicar rumores, no validar comentarios que dañan. Porque el poder del rumor no está solo en quien lo crea, sino en quienes lo permiten circular.

Erradicar esta violencia silenciosa no es únicamente una deuda con las mujeres, es una condición indispensable para construir instituciones más justas, éticas y verdaderamente democráticas.

Nota editorial: Los artículos de opinión publicados en este espacio expresan exclusivamente el pensamiento y las valoraciones personales de sus autores. En consecuencia, su contenido no compromete ni representa la posición institucional del Sindicato de Trabajadores de la Gobernación de Nariño – SINTRAGOBERNAR o sus afiliados, ni del diario sindical SOMOS Sintragobernar.