¿VALE LA PENA GANAR UNA DISCUSIÓN SI PERDEMOS NUESTRA HUMANIDAD?
Vivimos en una época donde la información viaja a una velocidad impresionante. Un comentario, una publicación o una opinión pueden llegar a miles de personas en cuestión de segundos. Las redes sociales nos han permitido expresarnos, participar en debates públicos y ejercer nuestro derecho a opinar sobre los asuntos que afectan a nuestra sociedad. Sin embargo, también nos obligan a hacernos una pregunta profunda y necesaria: ¿qué estamos haciendo con esa libertad?
Hoy es común encontrar discusiones políticas que terminan convirtiéndose en escenarios de agresión, insultos y ataques personales. Lo que debería ser un espacio para intercambiar ideas y construir soluciones colectivas, en muchas ocasiones se transforma en una competencia por demostrar quién tiene la razón, quién grita más fuerte o quién logra humillar al otro.
Y en medio de esa batalla constante, pareciera que estamos olvidando algo fundamental: detrás de cada comentario, cada publicación y cada postura política existe una persona.
Una persona que siente, que sufre, que tiene una historia, una familiar, experiencias de vida, miedos, esperanzas y sueños. Una persona que probablemente llegó a sus convicciones a partir de las realidades que le tocó vivir y no necesariamente por maldad, ignorancia o falta de valores.
Sin embargo, hemos normalizado la deshumanización. Hemos llegado al punto de reducir a las personas a una etiqueta política, a un partido, a una ideología o a un candidato. Y cuando dejamos de ver seres humanos y comenzamos a ver únicamente etiquetas, el respeto desaparece y el odio encuentra terreno fértil para crecer.
Quizás el problema no sea que existan diferencias de pensamiento. Las diferencias han existido siempre y son necesarias para el desarrollo de las sociedades democráticas. El problema comienza cuando dejamos de escuchar y empezamos a atacar; cuando dejamos de argumentar y empezamos a ofender; cuando creemos que pensar diferente convierte al otro en un enemigo.
Daniela Bolaños
Columnista invitada
Nuestra columnista invitada es psicóloga y especialista en familia, con una amplia trayectoria en el acompañamiento psicosocial a comunidades vulnerables, mujeres víctimas de violencia y familias con múltiples problemáticas.
Su labor ha estado orientada a la promoción del bienestar integral, la reparación emocional y el fortalecimiento de vínculos familiares, desde una perspectiva humana, empática y comprometida con la transformación social.
La psicología social ha explicado durante años que nuestras creencias y posturas no nacen de la nada. Somos el resultado de una historia familiar, una cultura, unas experiencias y un contexto social determinado. Como lo planteaba Ignacio Martín-Baró, las personas construyen su visión del mundo dentro de grupos sociales que les transmiten valores, creencias y formas de interpretar la realidad. Muchas de nuestras posiciones políticas son aprendidas, compartidas y fortalecidas a través de generaciones.
Comprender esto no significa renunciar a nuestras convicciones. Significa reconocer que las personas no son únicamente sus opiniones. Significa entender que detrás de cada postura existe una historia que merece ser escuchada.
Por eso vale la pena detenerse un momento y preguntarnos:
¿Qué estamos aportando cuando comentamos una publicación?
¿Estamos educando o humillando?
¿Estamos construyendo puentes o levantando muros?
¿Estamos promoviendo la reflexión o alimentando el odio?
¿Estamos defendiendo una idea o atacando la dignidad de otra persona?
Son preguntas incómodas, pero necesarias.
Porque la salud mental también se ve afectada por los ambientes de hostilidad permanente. El estrés, la ansiedad, la frustración, el miedo y la sensación constante de conflicto encuentran un lugar cuando las relaciones humanas se deterioran por discusiones que dejan de ser debates para convertirse en agresiones.
Muchas personas hoy sienten temor de expresar sus opiniones porque saben que serán atacadas. Otras viven consumiendo contenido que les genera ira constante. Algunas han terminado perdiendo amistades, alejándose de familiares o rompiendo vínculos importantes debido a diferencias políticas.
Y entonces surge una reflexión aún más profunda: ¿Vale la pena ganar una discusión si en el proceso perdemos nuestra humanidad?
La verdadera fortaleza democrática no consiste en imponer nuestras ideas a los demás. Consiste en ser capaces de convivir con quienes piensan diferente. Consiste en defender nuestras convicciones sin destruir la dignidad de otras personas. Consiste en comprender que el respeto no es una muestra de debilidad, sino una manifestación de madurez social y emocional.
No todas las conversaciones requieren nuestra participación. No todos los comentarios merecen respuesta. No todas las discusiones conducen al aprendizaje.
Si sabemos que somos impulsivos, si reconocemos que una conversación determinada nos genera enojo descontrolado o si no estamos dispuestos a escuchar otras perspectivas, quizás la decisión más sabia sea alejarnos de ese debate. Participar políticamente también implica responsabilidad emocional.
La política debería ser una herramienta para transformar realidades, no para destruir relaciones humanas.
Necesitamos más personas dispuestas a educar y menos personas interesadas en humillar.
Necesitamos más argumentos y menos insultos.
Más escucha y menos gritos.
Más empatía y menos fanatismo.
Más humanidad y menos odio.
Antes de escribir un comentario, compartir una publicación o responder una opinión diferente, tal vez deberíamos hacernos una última pregunta:
¿Lo que estoy a punto de decir ayuda a construir una sociedad mejor o simplemente contribuye a hacer más grande la herida que ya existe entre nosotros?
La respuesta a esa pregunta puede marcar la diferencia entre una ciudadanía que construye y una sociedad que se destruye a sí misma.
Porque al final, más allá de las ideologías, los partidos y las elecciones, seguimos siendo personas. Y ninguna causa política debería hacernos olvidar nuestra capacidad de respetar, comprender y cuidar a los demás.
Nota editorial: Los artículos de opinión publicados en este espacio expresan exclusivamente el pensamiento y las valoraciones personales de sus autores. En consecuencia, su contenido no compromete ni representa la posición institucional del Sindicato de Trabajadores de la Gobernación de Nariño – SINTRAGOBERNAR o sus afiliados, ni del diario sindical SOMOS Sintragobernar.


