LA GRAN COLOMBIA DE TRUMP
La afinidad entre Donald Trump y Abelardo de la Espriella como punto de partida para discutir el futuro geopolítico nuestro país.
1. El regreso de la Doctrina Monroe: la nueva estrategia hemisférica de Estados Unidos
La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos, publicada en noviembre de 2025, no oculta su propósito central frente a América Latina: Washington pretende recuperar su preeminencia en el hemisferio occidental. El documento no habla de integración latinoamericana, ni de cooperación horizontal entre Estados soberanos, ni de fortalecimiento democrático regional. Habla, de manera directa, de seguridad, migración, narcotráfico, cadenas de suministro, recursos estratégicos, infraestructura crítica y contención de competidores externos.
El punto más revelador aparece en el capítulo dedicado al hemisferio occidental, titulado “The Trump Corollary to the Monroe Doctrine”. Allí se afirma que, después de años de descuido, Estados Unidos “reafirmará y hará cumplir la Doctrina Monroe” para restaurar la preeminencia estadounidense en el hemisferio occidental, proteger su territorio nacional y asegurar el acceso a geografías clave de la región.
La Doctrina Monroe, formulada en 1823, fue históricamente utilizada por Estados Unidos para advertir a las potencias extracontinentales que América era su zona de influencia. Ahora, bajo el gobierno de Donald Trump, esa vieja doctrina reaparece con un nuevo apellido: “Trump Corollary”. En términos políticos, significa que América Latina vuelve a ser vista como espacio estratégico de seguridad nacional estadounidense.
El documento señala que Estados Unidos buscará impedir que competidores no hemisféricos puedan ubicar fuerzas, capacidades amenazantes o controlar activos estratégicos dentro del continente. Esto incluye infraestructura, puertos, instalaciones militares, cadenas logísticas, recursos críticos, energía, tecnología y comunicaciones.
Bajo esa lógica, América Latina deja de aparecer como una comunidad de pueblos con proyectos propios y pasa a ser interpretada como una zona de contención. El problema central para Washington no es la pobreza regional, la desigualdad, la debilidad institucional o la crisis social, sino el riesgo de que otros actores globales –especialmente China, Rusia u otros competidores– ocupen espacios económicos, tecnológicos o militares en el hemisferio.
La estrategia resume sus objetivos regionales bajo dos verbos: “enlist” y “expand”; es decir, alistar y expandir. Estados Unidos buscará alistar gobiernos aliados para controlar la migración, frenar el narcotráfico, neutralizar carteles, garantizar estabilidad terrestre y marítima, y fortalecer la seguridad regional. Al mismo tiempo, pretende expandir su red de socios, haciendo que los países latinoamericanos vean a Washington como su socio económico, tecnológico y militar de primera elección.
La doctrina también plantea una reconsideración de la presencia militar estadounidense en el hemisferio. El documento menciona la necesidad de reajustar la presencia militar global de Estados Unidos hacia amenazas urgentes en su propio hemisferio, fortalecer la presencia de la Guardia Costera y la Armada, controlar rutas marítimas, enfrentar la migración irregular, reducir el tráfico humano y de drogas, y realizar despliegues dirigidos a asegurar fronteras y derrotar carteles, incluso mediante el uso de fuerza letal cuando sea necesario.
Este lenguaje marca un cambio profundo. La seguridad hemisférica deja de ser tratada como asunto de cooperación policial o diplomática y pasa a ser presentada como asunto de defensa nacional estadounidense. América Latina, en consecuencia, queda ubicada dentro de una arquitectura de seguridad donde los intereses de Washington operan como criterio ordenador.
El componente económico es igualmente relevante. La Estrategia sostiene que Estados Unidos debe fortalecer cadenas de suministro dentro del hemisferio, reducir dependencias externas, proteger recursos estratégicos y promover oportunidades de inversión para empresas estadounidenses. Incluso plantea que los acuerdos, alianzas y ayudas deben condicionarse a que los países reduzcan la influencia adversaria externa sobre infraestructura, puertos, instalaciones militares y activos estratégicos.
La consecuencia política es evidente: la ayuda, el comercio, la cooperación militar, la inversión y la tecnología se convierten en instrumentos de alineamiento. Los países latinoamericanos que acepten la orientación de Washington podrán ser tratados como socios preferentes; los que mantengan relaciones estratégicas con potencias rivales podrán ser objeto de presión económica, diplomática o militar.
Por eso, la nueva doctrina no debe leerse únicamente como un documento de política exterior. Debe entenderse como una declaración de poder. Estados Unidos está diciendo que el hemisferio occidental vuelve a ser una prioridad estratégica y que no permitirá que otros actores globales disputen allí su influencia.
En esa perspectiva, América Latina no es presentada como sujeto autónomo de integración regional, sino como territorio clave para la seguridad, la economía, la energía, la migración y la competencia geopolítica de Estados Unidos. La vieja Doctrina Monroe regresa, pero adaptada al siglo XXI: ya no solo se trata de impedir la presencia militar extracontinental, sino de controlar infraestructura, datos, minerales, energía, comercio, rutas marítimas, fronteras y monedas.
A partir de ese marco, la pregunta ya no es únicamente qué dice Washington sobre América Latina, sino dónde puede empezar a ejecutarse esa nueva doctrina. Por su ubicación estratégica, sus recursos energéticos, su crisis institucional, su dolarización de facto y sus vínculos con actores como China, Rusia e Irán, Venezuela aparece como el primer escenario visible de esta reconfiguración hemisférica.
(Fuente: https://www.whitehouse.gov/wp-content/uploads/2025/12/2025-National-Security-Strategy.pdf)
2. Venezuela: El primer laboratorio de la nueva doctrina hemisférica
Si la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025 constituye el marco conceptual de la nueva política hemisférica de Washington, Venezuela parece haberse convertido en uno de sus primeros escenarios prácticos.
La razón es evidente. Pocos países de América Latina concentran simultáneamente tantos factores de interés estratégico para Estados Unidos: enormes reservas de petróleo, recursos minerales, acceso privilegiado al Caribe, cercanía geográfica con rutas marítimas decisivas y una larga relación política, económica y militar con actores considerados competidores estratégicos de Washington.
Durante años, Venezuela fue presentada por distintos gobiernos estadounidenses como un foco de inestabilidad regional. Sin embargo, los acontecimientos recientes muestran un país sometido a una presión internacional sostenida y, al mismo tiempo, atravesado por transformaciones económicas que lo acercan materialmente a varios de los objetivos definidos por la nueva estrategia hemisférica.
Uno de esos fenómenos es la progresiva dolarización de su economía. Aunque el bolívar continúa siendo formalmente la moneda oficial, una parte importante de las transacciones comerciales, contratos, ahorros y operaciones cotidianas se realiza en dólares estadounidenses.
Reuters explicó que la flexibilización de controles cambiarios iniciada por el gobierno venezolano permitió una expansión significativa del uso del dólar, hasta convertirlo en una referencia central para amplios sectores económicos.
Diversos informes económicos internacionales describen actualmente a Venezuela como una economía parcialmente dolarizada de facto, es decir, una economía donde el dólar funciona materialmente como moneda de intercambio, reserva de valor y unidad de cuenta, aun cuando jurídicamente el bolívar siga siendo la moneda nacional.
Esta situación adquiere relevancia geopolítica porque coincide con uno de los intereses centrales de Washington: preservar la primacía internacional del dólar. No se trata simplemente de una discusión monetaria interna venezolana. En un continente donde Estados Unidos busca recuperar influencia, la expansión material de su moneda también opera como mecanismo de alineamiento económico.
A ello se suma el lugar que Venezuela ha ocupado en la política exterior estadounidense frente al chavismo. Durante años, Washington sostuvo una ofensiva diplomática, judicial y económica contra las estructuras financieras asociadas al gobierno de Nicolás Maduro. En ese contexto, el caso de Alex Saab adquirió una relevancia particular, al ser presentado por las autoridades estadounidenses como una de las piezas centrales del entramado económico internacional vinculado al régimen venezolano.
Vistos aisladamente, estos hechos podrían interpretarse como consecuencias propias de la prolongada crisis venezolana. Pero observados en conjunto muestran una dirección política más amplia: Venezuela reúne condiciones económicas, energéticas, territoriales y estratégicas que la convierten en un punto privilegiado para la recuperación de influencia estadounidense en el hemisferio.
No se trata necesariamente de una anexión territorial ni de una ocupación formal. Tampoco puede afirmarse que todos los cambios observados sean consecuencia directa de decisiones adoptadas en Washington. Sin embargo, sí resulta evidente que la evolución reciente de Venezuela avanza en una dirección compatible con los objetivos definidos por la nueva doctrina hemisférica estadounidense.
La pregunta, entonces, no es únicamente qué está ocurriendo en Venezuela. La pregunta verdaderamente relevante es si ese proceso constituye el primer paso de una transformación regional más amplia. Y es precisamente allí donde aparece Colombia.
3. Abelardo de la Espriella. El candidato americano de la nueva doctrina hemisférica
Si Venezuela aparece como un escenario estratégico de aplicación de la nueva política hemisférica estadounidense, Colombia representa algo distinto: el país donde esa doctrina podría encontrar un aliado político dispuesto a impulsarla de manera abierta y voluntaria.
Esta afirmación no surge de una especulación aislada, surge de las propias declaraciones públicas del candidato presidencial Abelardo de la Espriella y de la notable coincidencia existente entre varias de sus propuestas y los objetivos formulados por la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos de 2025.
A diferencia de otros dirigentes políticos colombianos que suelen mantener prudencia respecto de sus afinidades internacionales, Abelardo de la Espriella ha reivindicado públicamente su cercanía con Donald Trump. Ha manifestado ser ciudadano estadounidense, ha declarado haber votado por Trump y ha expresado abiertamente su identificación con el Partido Republicano.
(Fuente: https://www.lasillavacia.com/opinion/el-candidato-de-la-ia-abelardo-de-la-espriella/)
Esa cercanía política adquirió una dimensión adicional el 10 de junio de 2026. Ese día, en una publicación realizada en Truth Social, Donald Trump no se limitó a expresar simpatía personal por Abelardo de la Espriella. Presentó su candidatura como un asunto directamente relacionado con el futuro de Colombia y con la relación estratégica entre Colombia y Estados Unidos.
En el mensaje, Trump felicitó a Abelardo de la Espriella por su victoria en la primera vuelta presidencial, lo describió como un líder inteligente, fuerte y duro, y afirmó que, como presidente, sería exitoso en hacer crecer la economía, crear empleos, promover el comercio, detener la inmigración ilegal, combatir el crimen y las drogas, y restaurar la ley y el orden.
La publicación fue aún más lejos. Trump sostuvo que los resultados de la elección colombiana eran muy importantes para el futuro de Colombia y para su relación con Estados Unidos. Además, afirmó que, si Abelardo ganaba, tendría detrás todo el apoyo y la fuerza de los Estados Unidos. Finalmente, le otorgó su completo y total respaldo.
(Fuente: publicación de Donald J. Trump en Truth Social, 10 de junio de 2026, 12:43 p. m. Ver imagen lateral derecha)
Como puede advertirse el lenguaje utilizado por el presidente Trump no es neutro. Los temas destacados –crecimiento económico, comercio, migración, lucha contra el crimen, drogas y ley y orden– coinciden con los ejes centrales de la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense para el hemisferio occidental. En otras palabras, el respaldo no aparece formulado únicamente como una preferencia electoral, sino como una toma de posición frente al lugar que Colombia podría ocupar dentro de la nueva arquitectura hemisférica de Washington.
Horas después, el mismo 10 de junio de 2026, a las 6:31 p. m., el periodista Daniel Coronell difundió en X un comunicado suscrito por exmagistrados de altas cortes, exmagistrados de tribunal y reconocidos constitucionalistas, en el que se sostuvo que la nacionalidad estadounidense de Abelardo de la Espriella sería incompatible con el ejercicio de la Presidencia de Colombia.
(Fuente: publicación de Daniel Coronell en X, 10 de junio de 2026, 6:31 p. m.)
El argumento no se dirige contra la doble nacionalidad en abstracto. De hecho, el comunicado reconoce que la Constitución colombiana permite que un colombiano por nacimiento pueda tener otra nacionalidad y que el régimen de requisitos e inhabilidades presidenciales es, en principio, cerrado. El problema, según los firmantes, no estaría simplemente en tener otra nacionalidad, sino en las obligaciones específicas que se adquieren al obtener la nacionalidad estadounidense por naturalización.
La diferencia central, según el comunicado, está en el juramento exigido por Estados Unidos a quienes adquieren su nacionalidad. Ese juramento incluye la renuncia a toda lealtad y fidelidad hacia cualquier Estado o soberanía extranjera anterior, así como el compromiso de apoyar y defender la Constitución y las leyes de los Estados Unidos, incluso mediante el servicio armado o no combatiente cuando la ley de ese país lo exija.
Desde esa perspectiva, el debate deja de ser meramente electoral y adquiere una dimensión constitucional de fondo. El Presidente de Colombia no es solo un jefe de gobierno. Es jefe de Estado, suprema autoridad administrativa, director de las relaciones internacionales y comandante supremo de las Fuerzas Armadas. Su deber constitucional es anteponer la soberanía nacional, la integridad territorial, la conveniencia nacional y los derechos de los colombianos.
Por ello, la tesis de los exmagistrados y constitucionalistas introduce una pregunta jurídicamente sensible: ¿puede una persona que juró fidelidad a Estados Unidos, y que asumió obligaciones de defensa frente a ese país, ejercer simultáneamente la Presidencia de Colombia, dirigir sus relaciones internacionales y comandar sus Fuerzas Armadas?
La discusión no está cerrada judicialmente y deberá ser examinada por las autoridades competentes si llega a plantearse formalmente. Sin embargo, su importancia política es evidente. La afinidad de Abelardo de la Espriella con Donald Trump ya no se reduce a una coincidencia ideológica, ni a una simpatía partidista, ni a una propuesta de cooperación bilateral. Ahora también se proyecta sobre un terreno constitucional mucho más delicado: el eventual conflicto de lealtades entre la obligación presidencial de defender los intereses de Colombia y los compromisos jurídicos adquiridos al naturalizarse como ciudadano estadounidense.
(Fuente: Comunicado público de exmagistrados y constitucionalistas, adoptado el 10 de junio de 2026)
Ese punto resulta particularmente sensible si se conecta con el respaldo explícito de Trump. Si la candidatura de Abelardo de la Espriella recibe el apoyo público de Donald Trump bajo la promesa de contar con todo el respaldo y la fuerza de los Estados Unidos, y si al mismo tiempo el candidato posee nacionalidad estadounidense adquirida mediante naturalización, la discusión sobre eventuales conflictos de lealtad deja de ser una hipótesis abstracta y adquiere una dimensión política concreta.
A ese debate jurídico se suma una coincidencia programática igualmente relevante. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos establece como prioridades la lucha contra la migración irregular, el fortalecimiento de fronteras, el combate al narcotráfico, el incremento de la cooperación militar hemisférica, la recuperación de la capacidad industrial, el fortalecimiento del dólar y la consolidación de alianzas políticas alineadas con Washington.
(Fuente: National Security Strategy of the United States of America, noviembre de 2025)
En ese contexto resultan especialmente llamativas varias declaraciones formuladas por Abelardo de la Espriella durante la actual campaña presidencial. Una de ellas fue su propuesta de impulsar un nuevo Plan Colombia. Según sus propias declaraciones, Colombia debería promover una nueva etapa de cooperación estratégica con Estados Unidos para enfrentar el narcotráfico, fortalecer la seguridad y recuperar la capacidad operativa del Estado frente a las organizaciones criminales.
Más llamativa aún fue su declaración respecto a la dolarización de la economía colombiana. Según La Silla Vacía, el candidato manifestó:
“Yo quiero un Plan Colombia 2 y que las bases americanas vuelvan. Yo voté por el presidente Trump. Yo soy republicano en Estados Unidos. Yo creo que lo ideal para la economía colombiana sería dolarizarla.”
(Fuente: https://www.lasillavacia.com/opinion/el-candidato-de-la-ia-abelardo-de-la-espriella/)
La frase conecta simultáneamente tres dimensiones estratégicas: seguridad, defensa y política monetaria. En primer lugar, propone un nuevo ciclo de cooperación militar con Estados Unidos mediante la figura de un Plan Colombia renovado. En segundo lugar, plantea el regreso de bases militares estadounidenses como instrumento de seguridad regional. Y, finalmente, introduce una discusión que históricamente había permanecido marginal en Colombia: la sustitución del peso colombiano por el dólar estadounidense.
La dolarización constituye mucho más que una decisión económica. Implica transferir a la Reserva Federal de los Estados Unidos el control efectivo de la política monetaria nacional. En términos prácticos, supone renunciar a instrumentos tradicionales de soberanía económica como la emisión monetaria, la política cambiaria y buena parte de la política crediticia.
Por esa razón, la propuesta adquiere una dimensión geopolítica que trasciende el debate técnico.
El antecedente más cercano en América Latina es Ecuador. Desde el año 2000, ese país adoptó oficialmente el dólar estadounidense como moneda nacional. A su vez, en los últimos años ha fortalecido su cooperación con Washington en materia de seguridad y lucha contra el crimen organizado.
(Fuentes: https://datosmacro.expansion.com/paises/ecuador – https://www.reuters.com/world/americas/ecuadors-noboa-vows-reduce-murders-boost-economy-inauguration-2025-05-24/)
Mientras tanto, Venezuela avanza hacia una dolarización material o de facto. Colombia, por su parte, comienza a escuchar propuestas de dolarización formuladas por uno de los principales aspirantes presidenciales. Por primera vez en décadas, los tres territorios que alguna vez integraron la antigua Gran Colombia aparecen vinculados por una misma discusión monetaria: Ecuador utiliza oficialmente el dólar; Venezuela funciona crecientemente en dólares; y Colombia empieza a debatir si debe seguir el mismo camino.
La situación adquiere una dimensión aún más intrigante cuando se examina la representación simbólica que acompañó el respaldo político de Trump. En una publicación difundida en Truth Social, el presidente estadounidense compartió una imagen del continente americano bajo los colores de la bandera de Estados Unidos, acompañada por la expresión “51st State”.
La imagen no constituye una propuesta formal de anexión territorial. Sin embargo, su carga simbólica resulta difícil de ignorar. Mientras la Estrategia de Seguridad Nacional proclama la recuperación de la influencia estadounidense sobre el hemisferio occidental, la representación gráfica del continente como un hipotético “Estado 51” proyecta la idea de una América crecientemente integrada dentro de la esfera estratégica de Washington.
La publicación, por sí sola, no constituye evidencia de subordinación política ni de acuerdos específicos entre Trump y Abelardo de la Espriella. Sin embargo, sí demuestra la existencia de una afinidad política explícita y públicamente reconocida. También ofrece una representación simbólica del modo en que América Latina podría ser entendida dentro de la nueva estrategia hemisférica estadounidense: no como territorio anexado formalmente, sino como espacio político, económico y militarmente alineado.
Y es precisamente esa afinidad la que obliga a formular una pregunta de fondo: ¿representa Abelardo de la Espriella simplemente una alternativa política conservadora dentro del escenario colombiano o constituye la expresión local de una nueva arquitectura hemisférica impulsada desde Washington?
La respuesta todavía pertenece al terreno de la discusión democrática. Pero las coincidencias jurídicas, programáticas, económicas, monetarias, militares y geopolíticas son demasiado numerosas para ser ignoradas. Y existe un elemento adicional que vuelve aún más compleja la discusión: el nombre de Alex Saab.
4. El factor Alex Saab, el temor de Abelardo de la Espriella
Hasta este punto, la coincidencia entre la nueva doctrina hemisférica estadounidense y algunas de las propuestas defendidas por Abelardo de la Espriella podría interpretarse como afinidad ideológica. Sin embargo, existe un elemento adicional que introduce una dimensión distinta al debate y obliga a formular preguntas más complejas.
Ese elemento se llama Alex Saab.
Durante años, Saab fue señalado por las autoridades estadounidenses como una de las principales piezas del entramado financiero internacional asociado al gobierno de Nicolás Maduro. Para Washington, no era simplemente un empresario. Era uno de los operadores económicos más importantes del régimen venezolano y una figura clave dentro de la estructura que permitió al chavismo sostenerse económicamente pese a las sanciones internacionales.
Precisamente por esa razón, su captura, extradición y procesamiento constituyeron una prioridad permanente para los organismos de investigación estadounidenses.
En medio de ese contexto, una investigación publicada por el periodista Daniel Coronell en la revista Cambio introdujo un elemento inesperado dentro de la campaña presidencial colombiana. Según la publicación, empresas vinculadas al entramado empresarial de Alex Saab realizaron giros por cientos de miles de dólares a cuentas relacionadas con Abelardo de la Espriella.
Coronell sostiene que los pagos provinieron de compañías asociadas a operaciones económicas que posteriormente fueron objeto de investigaciones internacionales por sus vínculos con Saab y con negocios desarrollados en Venezuela.
(Fuente: https://cambiocolombia.com/los-danieles/articulo/2026/5/los-giros-de-alex-saab)
Debe decirse con absoluta claridad que la existencia de esos giros, por sí sola, no constituye prueba de delito alguno ni existe, hasta donde es públicamente conocido, una decisión judicial que establezca responsabilidad penal por parte de Abelardo de la Espriella.
Pero en política las preguntas relevantes no siempre son exclusivamente judiciales. También importan las trayectorias, las relaciones económicas, los antecedentes públicos y las contradicciones entre el discurso político y los vínculos que aparecen en el debate público.
La cuestión que surge es directa: ¿cómo debe interpretarse que uno de los candidatos más cercanos al proyecto político de Donald Trump aparezca mencionado en una investigación periodística relacionada con movimientos financieros provenientes de empresas vinculadas al hombre que durante años fue considerado por Washington como uno de los principales operadores económicos del régimen de Maduro?
La pregunta adquiere relevancia porque se ubica en el cruce de tres fenómenos: la ofensiva estadounidense contra las estructuras económicas asociadas al chavismo; la transformación de Venezuela en un escenario estratégico para Washington; y la aparición en Colombia de una candidatura que propone una alineación particularmente estrecha con Estados Unidos en materia de seguridad, economía y política exterior.
Tomados por separado, estos hechos podrían no tener relación alguna. Pero observados conjuntamente producen una imagen política que merece ser analizada.
Durante años, Alex Saab representó exactamente lo contrario de lo que hoy proclama la nueva doctrina hemisférica estadounidense. Mientras Washington denunciaba la expansión de redes económicas asociadas al chavismo, Saab aparecía como uno de los principales articuladores financieros de ese modelo.
Ahora, en un escenario regional completamente distinto, emerge una candidatura que propone acercarse a Estados Unidos mediante la dolarización de la economía, un nuevo Plan Colombia, una cooperación militar reforzada y una identificación abierta con Donald Trump.
La contradicción resulta evidente. Por un lado, aparecen antecedentes periodísticos que vinculan financieramente a empresas asociadas con el entorno de Saab con actividades profesionales relacionadas con Abelardo de la Espriella. Por otro lado, aparece un discurso político que se presenta como uno de los aliados más decididos de la nueva estrategia hemisférica estadounidense.
¿Existe una relación entre ambos fenómenos? No existe evidencia pública que permita afirmarlo. ¿Puede descartarse completamente la relevancia política de esa coincidencia? Tampoco.
Lo que sí puede afirmarse es que la investigación de Daniel Coronell introduce una pregunta incómoda dentro de la campaña presidencial colombiana. Si la nueva doctrina hemisférica de Estados Unidos busca desmontar las estructuras políticas, económicas y financieras asociadas al chavismo, ¿cómo impacta en ese propósito la existencia de antecedentes periodísticos que vinculan a uno de sus aliados políticos más visibles con empresas relacionadas con Alex Saab?
La respuesta corresponde a los electores. Pero la pregunta merece ser formulada, porque las elecciones no solo deciden quién gobierna un país. También permiten identificar qué intereses internacionales resultan fortalecidos, qué alianzas se consolidan y qué proyectos geopolíticos avanzan.
5. Conclusión: ¿La nueva Gran Colombia de Trump?
Durante dos siglos, la idea de la Gran Colombia estuvo asociada al proyecto político de Simón Bolívar: una unión de pueblos soberanos capaz de construir una potencia regional independiente de las grandes potencias de su tiempo. Aquella aspiración terminó fragmentándose en tres Estados distintos: Venezuela, Ecuador y Colombia.
Sin embargo, los acontecimientos recientes permiten formular una pregunta que hasta hace pocos años habría parecido improbable: ¿y si la antigua Gran Colombia estuviera regresando, no bajo la bandera de Bolívar, sino bajo la influencia estratégica de Washington?
La pregunta no surge de una teoría conspirativa. Surge de una serie de hechos verificables que, observados conjuntamente, dibujan una tendencia regional.
Estados Unidos ha publicado una nueva Estrategia de Seguridad Nacional que reivindica expresamente una versión contemporánea de la Doctrina Monroe y declara que el hemisferio occidental vuelve a constituir una prioridad estratégica para su seguridad nacional.
(Fuente: National Security Strategy of the United States of America, noviembre de 2025)
Venezuela, durante décadas uno de los principales adversarios regionales de Washington, atraviesa una transformación económica que coincide con varios de los objetivos definidos por esa nueva doctrina. Su economía funciona crecientemente en dólares y las figuras que durante años representaron el corazón financiero del chavismo han sido objeto de persecución judicial internacional.
Ecuador, por su parte, lleva más de dos décadas utilizando oficialmente el dólar estadounidense como moneda nacional y mantiene una estrecha cooperación con Washington en materia de seguridad y lucha contra el crimen organizado.
(Fuente: https://datosmacro.expansion.com/paises/ecuador – https://www.reuters.com/world/americas/ecuadors-noboa-vows-reduce-murders-boost-economy-inauguration-2025-05-24/)
Y en Colombia emerge una candidatura presidencial que propone la dolarización de la economía, un nuevo Plan Colombia, una relación privilegiada con Estados Unidos y una identificación política explícita con Donald Trump y el Partido Republicano.
(Fuente: https://www.lasillavacia.com/opinion/el-candidato-de-la-ia-abelardo-de-la-espriella/)
Como puede anticiparse estos hechos, observados conjuntamente, muestran una convergencia monetaria, económica, militar y geopolítica alrededor de Estados Unidos en los tres territorios que alguna vez integraron la antigua Gran Colombia.
No se trata de una anexión territorial. No existen tanques estadounidenses cruzando fronteras ni declaraciones oficiales que propongan incorporar estos países a la Unión Americana. Pero la geopolítica moderna rara vez opera mediante anexiones formales. Las influencias contemporáneas se ejercen mediante monedas, cadenas de suministro, infraestructura estratégica, cooperación militar, tecnología, inversiones, seguridad energética y alianzas políticas.
En ese contexto, la imagen difundida por Donald Trump en Truth Social bajo la expresión “51st State” adquiere una dimensión que trasciende la simple provocación política. Más que una propuesta jurídica, parece representar una visión geopolítica: un continente crecientemente integrado dentro de la esfera de influencia estratégica estadounidense.
Quizás la vieja Gran Colombia no esté regresando como el sueño bolivariano de una América Latina independiente. Quizás esté reapareciendo bajo una lógica completamente distinta: una Venezuela que funciona cada vez más en dólares y subordinada a los EEUU; un Ecuador dolarizado desde hace años y obediente a EEUU; y una Colombia donde comienza a discutirse abiertamente la sustitución del peso colombiano, mientras uno de los principales candidatos presidenciales se declara republicano, partidario de Trump y defensor de una relación más estrecha con Washington.
La historia dirá si estas coincidencias son simplemente el resultado de procesos independientes o si estamos presenciando el nacimiento de una nueva arquitectura hemisférica.
Lo que resulta indiscutible es que el debate ya no gira únicamente alrededor de quién gobernará cada país. La verdadera pregunta es otra: ¿Quién garantizará la independencia y soberanía de nuestro país durante los próximos cuatro años?
Nota editorial: Los artículos de opinión publicados en este espacio expresan exclusivamente el pensamiento y las valoraciones personales de sus autores. En consecuencia, su contenido no compromete ni representa la posición institucional del Sindicato de Trabajadores de la Gobernación de Nariño – SINTRAGOBERNAR o sus afiliados, ni del diario sindical SOMOS Sintragobernar.


