RECONCILIACIÓN EN TIEMPOS DE POLARIZACIÓN
Después de las elecciones del 21 de junio de 2026 en Colombia, se ha evidenciado una creciente ola de violencia que no solo se ha desarrollado en el escenario digital, sino que ha alcanzado distintos espacios sociales y en algunos casos, han llegado incluso a expresiones de violencia física. Hoy las redes sociales se han convertido en escenarios de confrontación permanente, donde muchas veces el desacuerdo político se transforma en ataques personales, señalamientos y discursos cargados de odio.
Lo que debería ser un ejercicio democrático basado en el respeto por la diferencia ha comenzado a convertirse en una lucha entre bandos que parecen olvidar algo esencial: Por encima de cualquier ideología, seguimos siendo una misma sociedad.
A pesar de los ánimos exaltados y de la compleja situación que atraviesa hoy Colombia, quiero compartir un mensaje, no desde una postura ideológica ni política, sino desde una mirada humana y social. Más allá de simpatías o desacuerdos, cuando las divisiones se profundizan y una sociedad permite que las diferencias se conviertan en odio, las consecuencias terminan afectando mucho más que a los gobiernos o a los procesos electorales; afectan a las familias, a las amistades y al tejido social de una nación.
El problema nunca ha sido pensar diferente. La diversidad de ideas es precisamente uno de los pilares fundamentales de la democracia. El verdadero problema surge cuando se comienza a considerar enemigo a quien piensa distinto. En ese momento, el diálogo es reemplazado por la descalificación, el respeto por el odio y el debate por la confrontación.
Colombia ha atravesado décadas de violencia y ha sufrido suficientemente las consecuencias de la división, la intolerancia y la estigmatización. Como sociedad conocemos demasiado bien las heridas que deja el conflicto cuando se normaliza la idea de que quien está al otro lado merece ser atacado, humillado o silenciado también es importante comprender algo: La reconciliación no significa aceptar cualquier comportamiento ni permanecer en espacios donde el respeto ha desaparecido. Tampoco significa permanecer en discusiones interminables donde, a pesar de los esfuerzos por construir un punto de equilibrio o generar diálogo, algunas personas permanecen inamovibles en sus posturas y convierten cualquier diferencia en una confrontación constante.
Jessika Estefanía Eraso Fuertes
Columnista invitada
Nuestra columnista invitada, es abogada egresada de la Universidad CESMAG y actualmente cursa una Maestría en Derechos Humanos y Gobernanza.
Su experiencia profesional abarca áreas como el derecho constitucional, penal, civil, laboral y administrativo. Ha desarrollado labores de asesoría jurídica, elaboración de documentos legales y defensa de los derechos humanos, con especial interés en la protección de poblaciones en condición de vulnerabilidad y sujetos de especial protección.
A veces, guardar silencio no representa debilidad; por el contrario, puede convertirse en un acto de madurez. Del mismo modo, apartarse de determinadas personas o tomar distancia de ciertos entornos no necesariamente significa orgullo, indiferencia o rechazo hacia el otro. En ocasiones, es una decisión consciente para proteger la tranquilidad, la salud emocional y la paz interior.
No todas las diferencias pueden resolverse de manera inmediata y aceptar esto también hace parte del respeto. Algunas veces la verdadera sabiduría no está en insistir hasta desgastarse, ni en intentar convencer a todos de nuestra verdad, sino en reconocer cuándo una conversación dejó de construir y comenzó a destruir.
Quizá aprender a convivir también implica entender que no siempre es necesario ganar una discusión. Algunas veces la verdadera victoria consiste en elegir la paz antes que el conflicto, la verdadera victoria de una nación no está en quién gana unas elecciones, sino en que, pese a las diferencias, un pueblo conserve la capacidad de seguir viéndose como uno solo.


