DEMOCRACIA, AFINIDAD POLÍTICA Y FAMILIA

DEMOCRACIA, AFINIDAD POLÍTICA Y FAMILIA

La democracia consiste en reconocer que los ciudadanos y ciudadanas tienen intereses, preocupaciones, aspiraciones y expectativas diferentes frente a los procesos electorales, ya sean locales, regionales, nacionales o incluso de alcance internacional. Pretender que todos voten por las mismas razones no solo desconoce esa diversidad, sino que también ignora la complejidad de una sociedad plural, en la que cada persona interpreta la realidad desde sus propias experiencias, necesidades y prioridades.

Por ello, no es ilegal ni mucho menos inmoral votar teniendo en cuenta intereses particulares o colectivos. Al contrario, esa es una de las expresiones más genuinas de la democracia. Detrás de cada voto existe una realidad distinta, responsabilidades diferentes y una visión particular del país, construida a partir de las circunstancias, valores y expectativas de cada ciudadano.

No vota igual quien lucha por sostener una empresa, generar empleo y garantizar el pago de una nómina, que quien trabaja diariamente para sacar adelante a su familia, ya sea desde la informalidad o como trabajador del sector público o privado. Tampoco vota igual quien ha vivido durante años el abandono estatal, la exclusión o la falta de oportunidades, que quien ha sido beneficiario directo o indirecto de políticas públicas, incentivos económicos o condiciones que le han permitido alcanzar mayores niveles de bienestar.

De la misma manera, no vota igual quien prioriza la seguridad porque habita una región afectada por la violencia, la presencia de grupos armados ilegales o los cultivos de uso ilícito, que quien reside en grandes centros urbanos o en el exterior y enfrenta desafíos distintos. Tampoco vota igual quien deposita su esperanza en oportunidades de progreso económico, educación, empleo o movilidad social, porque considera que esas son las herramientas necesarias para construir un mejor futuro para sí mismo, su familia y las generaciones venideras.

Por ende, las diferencias políticas no deberían convertirse en una causa de fractura al interior de las familias. Los lazos familiares se construyen sobre el afecto, la solidaridad, el respeto y las experiencias compartidas a lo largo de la vida, valores que trascienden cualquier coyuntura electoral. En una sociedad democrática es natural que padres, hijos, hermanos, cónyuges o familiares cercanos tengan visiones distintas sobre el país, apoyen candidatos diferentes o interpreten de manera diversa los problemas públicos.

Imagen Opinion

Eduardo Vicente Menza Vallejo

Columnista invitado

Nuestro columnista invitado es un experimentado Administrador Público con una trayectoria de más de 30 años de servicio en los sectores público y privado.

Es Administrador Público, Especialista en Finanzas Públicas y cuenta con una Maestría en Administración Pública, títulos otorgados por la Escuela Superior de Administración Pública (ESAP).

Su perfil profesional destaca por una sólida formación técnica enfocada en la gestión financiera, el manejo presupuestal y la planeación institucional.

Cuando las afinidades políticas se anteponen al respeto por los vínculos familiares, se corre el riesgo de convertir las diferencias de opinión en motivos de distanciamiento, resentimiento o ruptura. La verdadera madurez democrática se refleja precisamente en la capacidad de convivir con quienes piensan distinto, sin que ello afecte el cariño, la confianza y el reconocimiento mutuo. Ninguna elección dura más que una familia, y ninguna diferencia política debería ser más fuerte que los lazos que unen a quienes comparten una historia, unos afectos y un proyecto de vida en común.

Las diferencias en las preferencias electorales no deben interpretarse como una confrontación entre ciudadanos buenos y malos, inteligentes e ignorantes, patriotas o antipatriotas. Cada voto refleja una forma particular de entender la realidad y una apuesta legítima sobre el rumbo que debería tomar una sociedad. En una democracia madura, la discrepancia política no es una amenaza, sino una manifestación natural de la diversidad social.

Los conflictos que suelen surgir después de las elecciones tienen su origen, en gran medida, en la incapacidad de reconocer la legitimidad de quienes piensan diferente. Cuando la afinidad política se convierte en motivo de descalificación, estigmatización o ruptura de los vínculos sociales, se debilita el tejido democrático y se profundiza la polarización al interior de las familias o grupos de interés.

La fortaleza de una democracia no radica en que todos compartan las mismas ideas, sino en la capacidad de tramitar las diferencias mediante el diálogo, el respeto y la institucionalidad. Ganar o perder una elección es parte del ejercicio democrático; aceptar los resultados, respetar las opiniones divergentes y mantener la convivencia ciudadana es lo que realmente garantiza la estabilidad de una nación.

En última instancia, la democracia exige comprender que detrás de cada voto hay una historia, una necesidad, una esperanza y una visión de futuro. Defender el derecho de los demás a pensar y votar diferente es tan importante como ejercer el propio derecho al voto.

La política pasa, la familia permanece

En una democracia, cada ciudadano tiene el derecho de pensar diferente, de tener sus propias convicciones y de votar libremente por la opción política que considere más conveniente. Algunos se identifican con ideas de izquierda, otros con propuestas de centro o derecha, y muchos encuentran afinidad en posiciones intermedias. Esa diversidad no solo es legítima, sino que constituye uno de los pilares fundamentales de cualquier sociedad democrática.

Por ello, resulta incomprensible que al interior de las familias surjan conflictos, divisiones o enemistades por razones políticas o por el apoyo a determinado candidato. Ninguna elección debería ser motivo para romper la comunicación, el respeto o el afecto entre padres e hijos, hermanos, amigos o familiares.

La realidad demuestra que, una vez terminan las campañas y se conocen los resultados electorales, muchos de los dirigentes políticos que durante meses se presentaron como adversarios terminan construyendo acuerdos, formando coaliciones, compartiendo espacios de poder o negociando cargos y posiciones dentro de las instituciones públicas.

Lo que durante la contienda parecía una diferencia irreconciliable, con frecuencia se transforma en entendimientos políticos que responden a intereses de gobernabilidad o de participación en el ejercicio del poder.

Mientras tanto, quienes defendieron apasionadamente a uno u otro candidato suelen quedar al margen de esas decisiones. Los ciudadanos continúan con sus vidas cotidianas, enfrentando los mismos desafíos y responsabilidades, independientemente de los acuerdos que posteriormente alcancen los dirigentes políticos por quienes tanto pelearon.

Por esa razón, vale la pena recordar que ninguna candidatura, ningún partido y ninguna elección tienen más valor que la familia, la amistad o las relaciones humanas construidas durante años. Las diferencias ideológicas pueden debatirse con respeto, argumentos y tolerancia, sin convertirlas en motivo de odio o confrontación personal.

La democracia no consiste en que todos pensemos igual, sino en que aprendamos a convivir con quienes piensan distinto. Defender una idea política es un derecho; respetar a quienes tienen una opinión diferente es una obligación ciudadana. Al final, las campañas y elecciones pasan, los gobiernos cambian y los políticos siguen su camino, pero la familia permanece.

Cordialmente,

Un constructor de sueños y metas que aún no pierde la fe en la democracia, en la conciencia ciudadana y en la responsabilidad de cada persona al ejercer su voto, pensando no solo en el presente, sino también en el mediano y largo plazo.

Nota editorial: Los artículos de opinión publicados en este espacio expresan exclusivamente el pensamiento y las valoraciones personales de sus autores. En consecuencia, su contenido no compromete ni representa la posición institucional del Sindicato de Trabajadores de la Gobernación de Nariño – SINTRAGOBERNAR o sus afiliados, ni del diario sindical SOMOS Sintragobernar.