LO MALDIGO, LO MALDIGO, LO MALDIGO!!!

LO MALDIGO, LO MALDIGO, LO MALDIGO!!!

El odio irracional a la izquierda.

La Jurisdicción Especial de Paz JEP,  aumentó a casi ocho mil la cifra del genocidio cometido en contra de jóvenes civiles inocentes a manos del Ejército Nacional de Colombia, ocurridos principalmente en  los dos periodos de Álvaro Uribe Vélez, exactamente son 7837 casos que la historia ha marcado bajo el rótulo de falsos positivos.

La responsabilidad política de esta atrocidad se está visibilizando a través de los pronunciamientos de la JEP y los testimonios de oficiales del ejército y paramilitares que apuntan hacia Uribe como el determinador de  este exterminio absurdo, que tenía como único propósito hacerle creer al país que estaba ganando la guerra contra las FARC que, finalmente, supervivieron a sus dos mandatos.

Es comprensible entonces que la política interna de Uribe haya sido difamar a la JEP durante años, tildándola de ser un apéndice de la guerrilla y a través de Duque  haya intentado ocasionar su muerte financiera, privándola y robándole los recursos para su funcionamiento.

La manipulación cínica de los medios de comunicación han logrado que lo dicho por la JEP, en relación a este genocidio,  la condena a casi 30 años de prisión  declarada por la Corte Suprema a su hermano Santiago Uribe por comandar a los “Doce Apóstoles” (un escuadrón de asesinos en Antioquia) y su reciente vinculación judicial por la masacre del Aro cuando era gobernador de ese mismo departamento, pasen inadvertidos en plena campaña política  en la que intenta nuevamente llegar al poder.

En el escenario electoral en que se han dado estos eventos, Uribe y sus medios han logrado que el país nacional, absurdamente, se ocupe en odiar precisamente a quienes han posibilitado que estos eventos se conozcan y sancionen.

En el terreno judicial Iván Cepeda, logró la condena penal de Uribe por sobornar a paramilitares a través de uno de sus abogados, asunto hoy en casación ante la Corte Suprema. En el congreso, ha liderado los debates pidiendo justicia para las miles de familias víctimas de esta horrenda práctica de engaño político-militar a los colombianos.

El presidente Petro, por su parte, ha señalado desde siempre los vínculos de Uribe con los falsos positivos y el paramilitarismo, y ha desafiado públicamente al Centro Democrático y a Cambio Radical a que muestren una sola prueba de rechazo de las miles de muertes ocurridas, sin obtener ninguna.

El odio irracional a los líderes de izquierda deviene al parecer de la vergüenza propia de quienes fueron engañados por Uribe, quienes se niegan a aceptar esa dolorosa y compleja realidad, es decir, que eligieron como presidente al líder del más ruin y execrable crimen de estado, que hoy lo está alcanzando en su círculo más cercano: su propia familia y sus haciendas, Guacharacas y la Carolina, tristemente célebres por las atrocidades que allí ocurrieron.

Los vínculos de la familia Uribe con el narcotráfico son innegables, particularmente con el Clan Ochoa y los hermanos Gallón, narcos que no necesitan presentación y cuyos nexos han sido aceptados por el mimo ex presidente. Por demás su cuñada Dolly Cifuentes (esposa de su otro hermano,  Jaime Uribe Vélez) y su sobrina Ana María Uribe, fueron condenadas por narcotráfico y lavado de activos dentro de la organización criminal del Chapo Guzmán.

El Cartel de Medellín, el helicóptero de Tranquilandia y el paso de Uribe por la Aeronáutica Civil, serán siempre unas sombras del ex presidente y sus electores, rechazadas con cualquier epítome a quien las mencione.

La psicología  explica muy acertadamente lo que ocurre en Colombia, en relación a la forma de ser del ciudadano común y su inaudito enfoque político en relación a Uribe, a través del concepto de disonancia cognitiva. Este fenómeno consiste en una reafirmación de una posición o pensamiento, (incluso cuando hay evidencia de haber sido engañado) principalmente por vergüenza, orgullo o dolor emocional.

Esa tensión mental ocurre cuando nuestras creencias “soy inteligente, tenía razón” chocan con la realidad “me engañaron”. Para reducir esa incomodidad, el cerebro prefiere negar las nuevas pruebas y reafirmarse en la mentira original.

Esa vergüenza moral, no sólo conduce a una reafirmación de lo pensado, así sea erróneo, sino, incluso, a un aborrecimiento de todo aquello que ponga en evidencia el engaño.

Así, el odio a Petro y Cepeda, no es visceral, ni político,  sino moral, deviene de una vergüenza no tratada a aceptar que la derecha siempre nos engañó, que nunca el país tuvo seguridad, ni justicia, ni prosperidad, aunque hayan corrido ríos de sangre para hacernos creer que sí.

El ciudadano común aborrece los miles de asesinatos de jóvenes que fueron engañados por militares para luego asesinarlos, eso es cierto, pero su posición política para justificar ese horror, se mantiene en favor de Uribe, repitiendo una y otra vez que no es culpable de ello, que el Ejército tampoco lo es, y que al contrario, es la JEP, Petro, Santos, Chávez, Maduro, Cuba,  la guerrilla, etc, etc, quienes deben responder.

Negar tan irracionalmente la idea de que han ocurrido cambios profundos en Colombia, sólo es un mecanismo individual para ocultar la vergüenza personal de haber elegido a Uribe, de haberlo apoyado y admirado, pese a sus más bajos pecados, que hoy se intentan negar como nación.

Petro no es el narco, ni el asesino, ni el corrupto, ni el engañador. Es el reflejo de lo que nos avergüenza aceptar.

La vergüenza y la política no se llevan bien.

 

 

Nota editorial: Los artículos de opinión publicados en este espacio expresan exclusivamente el pensamiento y las valoraciones personales de sus autores. En consecuencia, su contenido no compromete ni representa la posición institucional del Sindicato de Trabajadores de la Gobernación de Nariño – SINTRAGOBERNAR o sus afiliados, ni del diario sindical SOMOS Sintragobernar.

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