LAS HERIDAS QUE NO DEJAN DE SANGRAR
Hay heridas que se ven y otras que como sociedad llevamos demasiado tiempo ignorando.
Después de una contienda electoral no solo quedan resultados en las urnas. También permanecen emociones que, cuando no son reconocidas ni gestionadas, pueden transformarse en frustración, resentimiento, miedo e ira. Desde la psicología sabemos que las emociones no desaparecen por sí solas; buscan una forma de expresarse. El problema surge cuando encuentran como alimento discursos de odio, desinformación o llamados constantes a la confrontación.
Hoy seguimos viendo cómo las diferencias políticas están fracturando relaciones, familias y comunidades. Poco a poco hemos permitido que quien piensa diferente deje de ser un ciudadano para convertirse en un enemigo. Y cuando dejamos de reconocer la humanidad del otro, la violencia deja de parecernos imposible.
La reciente agresión contra una joven en Pasto, atacada brutalmente mientras recibía amenazas que buscaban sembrar terror, no solo deja una víctima con heridas visibles. También deja al descubierto una realidad que venimos construyendo, casi sin darnos cuenta: el odio ha empezado a encontrar cuerpos sobre los cuales descargarse.
Como psicóloga, más que preguntarme por el golpe, me pregunto por aquello que ocurrió mucho antes. ¿Qué sucede en la mente de una persona para herir a otra con tanta crueldad? La respuesta rara vez está únicamente en quien agrede. La violencia suele incubarse lentamente en ambientes donde el odio se normaliza, donde la descalificación recibe aplausos y donde la empatía comienza a desaparecer.
La psicología llama a este proceso deshumanización: dejar de ver al otro como una persona para verlo como una amenaza, un obstáculo o alguien que merece ser castigado. Cuando eso ocurre, disminuye la culpa, se debilita la compasión y la violencia encuentra un terreno fértil.
Por eso las palabras nunca son inocentes. Cada palabra que pronunciamos deja una huella. Algunas construyen puentes; otras levantan muros. Algunas despiertan esperanza; otras alimentan el miedo, el resentimiento y la intolerancia. Tal vez muchos escuchen un discurso y lo olviden al día siguiente. Pero siempre habrá alguien que lo crea, lo repita y, en el peor de los casos, lo convierta en una acción. Las palabras son semillas. Nunca sabemos en qué corazón caerán ni qué terminarán haciendo crecer.
Daniela Bolaños
Columnista invitada
Nuestra columnista invitada es psicóloga y especialista en familia, con una amplia trayectoria en el acompañamiento psicosocial a comunidades vulnerables, mujeres víctimas de violencia y familias con múltiples problemáticas.
Su labor ha estado orientada a la promoción del bienestar integral, la reparación emocional y el fortalecimiento de vínculos familiares, desde una perspectiva humana, empática y comprometida con la transformación social.
Las heridas físicas pueden cicatrizar. Las emocionales permanecen mucho más tiempo. Quien sobrevive a una agresión no solo carga una cicatriz en su piel; también puede perder la tranquilidad de caminar por la calle, la confianza en las personas y la sensación de estar a salvo. La violencia continúa mucho después del último golpe. Quizá la pregunta que hoy deberíamos hacernos no es únicamente quién lanzó una botella. La verdadera pregunta es qué estamos sembrando cada día con nuestras palabras, nuestros mensajes, nuestras publicaciones y nuestros silencios.
Porque ninguna agresión comienza con el primer golpe. Empieza cuando el insulto deja de incomodarnos. Cuando la humillación nos causa gracia. Cuando compartir un mensaje cargado de odio nos parece inofensivo.
Cuando olvidamos que detrás de una postura política hay una persona con una historia, una familia, unos sueños y la misma dignidad que reclamamos para nosotros, todavía estamos a tiempo de elegir otro camino. Uno donde la diferencia no sea una amenaza, sino una oportunidad para dialogar; donde el desacuerdo no termine en violencia y donde entendamos que ninguna ideología vale más que una vida humana, el verdadero peligro no es que existan personas capaces de odiar, el verdadero peligro es que nos acostumbremos a ese odio, que dejemos de sorprendernos cuando una palabra se convierte en un golpe, cuando un insulto termina en sangre y cuando una diferencia de opinión termina destruyendo una vida.
Porque ese día, la víctima no será solamente quien recibió la agresión, ese día habremos perdido, como sociedad, una parte de nuestra propia humanidad.
Nota editorial: Los artículos de opinión publicados en este espacio expresan exclusivamente el pensamiento y las valoraciones personales de sus autores. En consecuencia, su contenido no compromete ni representa la posición institucional del Sindicato de Trabajadores de la Gobernación de Nariño – SINTRAGOBERNAR o sus afiliados, ni del diario sindical SOMOS Sintragobernar.


